Europa: el problema es la pobreza, no los migrantes



"Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social y a la realización, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional y en conjunción con la organización y los recursos de cada Estado, de los derechos económicos, sociales y culturales indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad”.

Artículo 22 de la Declaración Universal de Derechos Humanos

El Partido Humanista Internacional, de acuerdo con el espíritu y la letra de la Declaración Universal de Derechos Humanos:

Rechaza rotundamente cualquier respuesta al fenómeno de la migración que incluya la falta de ayuda a los náufragos, la externalización de las fronteras y las expulsiones.

  Rechaza la existencia de campos de prisioneros en los que los migrantes son sometidos a tratos inhumanos, como los creados mediante los acuerdos entre Italia y Libia, que además encargan a los guardacostas libios la tarea de capturar a los que se lanzan al mar.

Considera inhumano e injusto el Tratado de Dublín, por el que la Unión Europea impide el paso a los migrantes a los países en los que las condiciones laborales y sociales son mejores. De esta manera la Unión Europea obliga los países del Sur de Europa, España, Italia y Grecia, a hacerse cargo de su acogida e integración. Justamente los países donde la  pobreza y el desempleo están más extendidos

Denuncia la situación de millones de migrantes, personas que viven entre nosotros, sin derechos ni posibilidad de integración. Su supuesta “acogida” solo les ofrece un futuro cerrado: la expulsión o la explotación del trabajo clandestino. Obligados  a vivir una existencia precaria e incierta, casi fantasmal. 

Esta precaria situación de pobreza se suma a la ya muy considerable capa de la población que no tiene trabajo ni una protección social adecuada, en países obligados a recortar gastos sociales para equilibrar sus presupuestos. 

El crecimiento de la pobreza en Europa alcanza ya al 23% de la población. Este dato tiene relación con el crecimiento del apoyo electoral para los partidos que proponen explícitamente frenar la inmigración. Creer que el aumento del racismo y la xenofobia sólo tiene raíces culturales no ayuda a la comprensión de los procesos en curso y aleja de la solución del problema. En la Unión Europea hay 75 millones de pobres, hay niños desnutridos, personas que no pueden pagar su atención médica, un desempleo muy elevado, especialmente en los países del Este y del Sur de Europa. Muchos jóvenes emigran a los del Norte en busca de trabajo. 

Medios de comunicación y políticos de derecha y también de pseudo-izquierda llevan décadas señalando a la inmigración como la gran emergencia de la situación actual. Han intentado parar el flujo de personas con las políticas de externalización de fronteras o de construcción de vallas y muros monstruosos. Como si los inmigrantes fueran los responsables de los recortes sociales, del desempleo o del empobrecimiento de la población. Por el contrario, son las políticas neoliberales las que han generado esta situación, y las que han facilitado el despido, eliminado prestaciones sociales y deteriorado gravemente los sistemas de salud y educación públicos.

En este ambiente a la derecha y extrema derecha le es fácil exacerbar un oscuro resentimiento en las capas que están sufriendo estas políticas, desviando la atención de los verdaderos responsables. Así, la xenofobia, que antes de la crisis económica era un fenómeno absolutamente marginal, se arraigó y creció  de manera exponencial.

Además de los conflictos armados, que desplazan hacia Europa a grandes números de refugiados, el aumento de la pobreza en el mundo está empujando a emigrar a grandes poblaciones, cada vez más necesitadas hacia Europa. Una Europa que no solo no va a ofrecer a estas personas una acogida digna, ni bienestar ni trabajo, sino que ya no lo garantiza tampoco a sus propios ciudadanos.

Sin embargo, y citamos aquí el Documento del Movimiento Humanista, "hoy el mundo está en condiciones tecnológicas suficientes para solucionar en corto tiempo los problemas de vastas regiones en lo que hace a pleno empleo, alimentación, salubridad, vivienda e instrucción. Si esta posibilidad no se realiza es, sencillamente, porque la especulación monstruosa del gran capital lo está impidiendo"  

Se imponen, de esta manera, enormes sacrificios a las poblaciones en beneficio de su propio enriquecimiento. La brecha entre ricos y pobres se amplía cada vez más y anuncia un futuro en el que solo existirá una pequeña minoría de privilegiados muy ricos y una masa enorme de población depauperada, sin rastro de las clases medias que tenían los países más desarrollados. 

Es necesario ir a la raíz del problema, y éste solo se puede solucionar con una justa redistribución de la riqueza. Las migraciones continuarán porque en sus países de origen no se puede vivir; y no hay barreras, ni medidas policiales capaces de frenar esas mareas humanas cuando se ponen en marcha. Y si no se acepta ese hecho, cualquier política que se haga en este campo estará abocada al fracaso.  No hay salida al fenómeno migratorio si no se asume el tema de la ayuda al desarrollo social y económico y a las condiciones de vida dignas en estos países

No estamos hablando de llevar ayuda humanitaria a África o de invertir allí capital privado para crear un desarrollo ficticio en beneficio de los inversores; estamos hablando de un profundo cambio de paradigmas, de un nuevo modelo económico y social, de una democracia real en los países europeos y africanos. Solo habrá progreso social si es de todos y para todos. 

Por ello, el Partido Humanista Internacional propone la creación de una zona de cooperación política y económica en los países del Mediterráneo, que promueva el lanzamiento de procesos convergentes de verdadera solidaridad y democracia entre ellos. Un nuevo orden económico-político de este tipo sería decisivo para estabilizar los países del norte de África y promover el desarrollo de los países subsaharianos, que podrían finalmente abandonar el campo de influencia de las antiguas potencias coloniales que aún obstaculizan su crecimiento. 

Mientras tanto, los Estados tendrán que encargarse de la acogida e integración de los inmigrantes, aplicando todas las medidas necesarias para que no se creen nuevos focos de pobreza.

 

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